(La Ciudad Bien Construida 2) Memoranda by Jeffrey Ford

(La Ciudad Bien Construida 2) Memoranda by Jeffrey Ford

Author:Jeffrey Ford
Language: es
Format: mobi
Tags: Fantasia
Published: 2010-05-14T23:00:00+00:00


17

A la mañana siguiente, después de un desayuno tardío, cuando el sol iniciaba el último tramo hacia su cénit, regresamos a la cama por insistencia mía. Anotine suspiraba: «Ahora», y yo estaba envuelto en una concentración extática, como un niño en la partida final de muguen, y juntos descubrimos el presente, un don del futuro y del pasado.

Ése era el principio de mi plan, pero al tenderme sobre la espalda, respirando pesadamente al unísono los dos, me olvidé de todo lo relacionado con el mundo nemónico de Below y de cómo iba a cambiar. Sólo quería que permaneciera así para siempre. En Anotine no sólo hallaba la satisfacción de la lujuria, sino el origen del amor. Todas las dudas acerca de la realidad y la ilusión se habían desvanecido de un modo más rotundo que el borde de la isla.

—¿Has sentido el momento? —le pregunté.

—Sí —dijo—. Explotó dentro de mí. Me transportó a otro lugar. —Alargó la mano y tomó mi miembro, que decaía.— Cley, eres un genio. Quién lo hubiera pensado.

Cuando dijo que le parecía haber estado en otro lugar, recordé la revelación de Bataldo de que la unión sexual era una fusión temporal de recuerdos. Reflexioné y advertí que coincidía con la sensación que me embargaba, después de mi viaje errante por el pensamiento y el hecho, como si hubiera vuelto a casa. Sólo me faltaba decirle que la amaba, y eso era exactamente lo que me disponía a hacer cuando llegó el Espectro.

Entró flotando hacia atrás lentamente, por el hueco de la ventana que había encima de nosotros, sus cabellos vivos y serpenteantes, y su expresión una máscara de sobrecogedora rabia estática. Anotine se levantó para ofrecerle la mirada cuando la luz verde surgió de sus ojos.

Salí de la cama en un ataque de celos y me acerqué a la mesa, en el otro extremo de la habitación. Allí tomé la pistola de señales y me volví para apuntar, decidido a no compartir nuestra intimidad con la criatura. Cuando iba a apretar el gatillo pensé que podía herir a Anotine. Bajé el arma, me acerqué con precaución por detrás, reuní valor, como si estuviera a punto de poner la mano en el fuego, y tiré de un mechón de cabellos serpentinos.

En cuanto cerré el puño empezó a chillar. El sonido antinatural del grito me animó y giré sobre mis talones para arrojar la cabeza sin cuerpo a la pared. Al soltar a mi víctima, oí que Anotine gritaba a mis espaldas: «Cley, ¿qué estás haciendo?». El Espectro osciló a media altura y empezó a caer hacia el suelo, pero consiguió mantenerse en el aire. Cuando se volvió para morderme, chillando con la boca abierta y enseñando sus puntiagudos dientes de gato, levanté la pistola, apunté y apreté el gatillo.

Todo pareció suceder al mismo tiempo: una detonación, una nube de humo y una explosión fulminante de luz roja. La fuerza de la explosión arrojó al Espectro a la pared y a mí me hizo retroceder unos pocos pasos en dirección contraria.



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